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Titlecisneros sant roz
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Con la democracia representativa el país estaba perdiendo
seriedad, y los dirigentes políticos en lugar de leer y prepararse,
comenzaron a acicalarse y aparecer pepitos en las reuniones y
fiestas que los periódicos no dejaban de recoger. Comenzaron
a tomar clases de baile para dominar el twist y la charanga.
Imponían la moda de las camisas deportivas manga corta y
cuello abierto. La página social de los diarios más importantes
aumentó notablemente sus espacios. Los salones de belleza
no se daban abasto haciéndoles el pedicure y el manicure a los
dirigentes de la CTV, que se lo dejaban hacer sin vergüenza
ninguna; además de hacerse empolvar, sacarse las cejas, se
empecinaban en unos retoques para taparse barros y espinillas.
Por Dios, qué horrible era ver aquellos adecos acerados con
base y coloretes en la cara. Al mismo tiempo, se desató una
guerra al pelo ensortijado o «rebelde» de los mulatos recién
llegados del Norte y se les echaban en la cabeza unas cremas
ardientes para rebajarle la iracundia, y procurar alisarlos; por
cierto que la perdición de la CTV también se debió a que
muchos de sus altos dirigentes huyeron del país con sus
peluqueras. Uno de los casos más emblemáticos fue el de
Antonio Ríos quien huyó con la suya y acabó residenciando
en Miami, acicalado, con el pelo bien liso y pintado de amarillo
oscuro.

Igualmente se desataron el uso de los peluquines, pelucas
y bisoñés, pero no prosperaron porque al menor coñazo o golpe
de viento se erizaban solos y se caían. Pelucas tan buenas
capaces de coger piojos por cuenta propia y hasta caspa, pero
como digo, no prosperaron.

ENTRE SASTRES TE VEAS
Entre las primeras cosas que hace Betancourt (vivía en

Baruta) una vez que regresa a Venezuela en 1958, es visitar al
famoso sastre Miguel Morreo, quien ya le había hecho varios
trajes en la década de los cuarenta. Incluso se dijo que cuando
huyó del país en el 48, le había dejado un mono de unos diez
mil bolívares. Al llegar al establecimiento no estaba el señor
Morreo y le atendió el joven portugués Álvaro Clement. Pues
bien, le gustó el trato y la atención de este mozo, y cuando
Álvaro se independizó de Morreo, Betancourt se hizo adicto a

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