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Karlheinz Deschner
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Historia criminal del
cristianismo

Siglo x: Desde las grandes invasiones
normandas hasta la muerte de Otón III

Colección Enigmas del Cristianismo

Ediciones Martínez Roca, S. A.

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breve pero muy notable, inmediatamente antes de la matanza
general: «Que en este aprieto debamos estar de buen ánimo es algo
que veis vosotros mismos, mis hombres, que no debéis ver al
enemigo en la lejanía (!), sino delante de nosotros. Hasta ahora yo he
combatido gloriosamente con vuestros brazos robustos y vuestras
armas siempre victoriosas y fuera (!) de mi suelo y de mi reino he
vencido en todas partes. ¿Tendría que volver ahora la espalda en mi
propio país y reino?... Deberíamos avergonzarnos nosotros, los
señores de casi toda Europa, si nos sometiésemos ahora a los
enemigos».

Hasta ese momento, confiesa la Majestad alemana, sus hombres
evidentemente siempre han combatido al enemigo (¡Otón olvida las
numerosas guerras civiles!) «en la lejanía, fuera de mi suelo y de mi
reino...». Esto significa simple y llanamente lo que por otra parte nos
consta, a saber: que los francos, los alemanes, actuaban exactamente
igual que los condenados húngaros, invadiendo territorios y pueblos
extranjeros, castigándolos con incendios y asesinatos, llevándose
rehenes y prisioneros y anexionándose regiones enteras. Y sólo de
esa manera sangrienta y depredadora, tan parecida a la de los
húngaros, llegaron los francos, los alemanes, a ser «los señores de
casi toda Europa», como alardea la Majestad. La diferencia principal
es simplemente de naturaleza cancilleresca e historiográfica y que
consiste, ni más ni menos, en una colosal hipocresía; en una
represión, para decirlo de un modo más fino o, si se quiere, en una
locura «patriótica» (¡hasta hoy «condicionada por la historia
contemporánea»!). Consiste simplemente en que la historiografía
cristiana siempre demoniza sin excepción a sus antagonistas
(paganos) -aquí los húngaros se toman sólo como pars pro toto-, los
convierte sin más en escoria mientras que a los cristianos, que no
difieren (en el doble sentido de la palabra) en seguir al propio diablo,
los presenta como brillantes vencedores, cual nobles caballeros y
héroes. Y disimulándolo todo eufemísticamente... ¡No! ¡Más bien
glorificándolo simplemente de una manera nauseabunda con
expresiones tan excelsas como misión, cristianización y difusión de
la cultura!

Poco antes de llegar el ejército de socorro alemán, los húngaros
levantaron el cerco de Augsburgo, y el 10 de agosto de 955, en las
hondonadas del Lech, ante las murallas de la ciudad, la mortandad
fue enorme. En ella participaron los escuadrones de caballería
extranjeros con una maniobra inesperada. Cruzaron el Lech,
rodearon al ejército enemigo y tras una lluvia de flechas atacaron por
la retaguardia primero a las tropas checas, que estaban bien
entrenadas y que fueron especialmente aniquiladas -estuvieron
«mejor provistas de armamento que de fortuna» (Wi-dukind)-, y
después a las tropas suabas, que fueron puestas en fuga.

Las cosas pintaban mal para los alemanes hasta que el ataque de
los jinetes francos, adiestrados a las órdenes de Conrado el Rojo,
cambió el

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curso de la batalla. Conrado, que en el calor de la lucha se había
aflojado las cintas de su armadura, cayó víctima de una flecha que le
atravesó la garganta. Y el ejército principal, que rodeaba al rey, «los
escogidos de entre todos los millares de combatientes» (Widukind),
consiguió la victoria. O como dice rebosante de inmensa confianza
en Dios el autor de la Vita Oudalrici: «En la recíproca matanza
cayeron los guerreros de ambos bandos y murieron aquellos que
Dios había destinado a morir. Pero Dios, para quien nada es
imposible, otorgó la gloriosa victoria al rey Otón. El ejército de los
húngaros se dio a la fuga y ya no tuvo fuerzas para combatir. Y
aunque había caído un número increíblemente grande de ellos,
todavía sobrevivió una muchedumbre tan grande que quienes los
vieron acercarse desde los bastiones de la ciudad de Augsburgo
creyeron que no llegaban como vencidos hasta que se dieron cuenta
de que escapaban dejando de lado la ciudad y a toda prisa intentaban
alcanzar la otra orilla del Lech».23

La batalla por la llanura del Lech, presumiblemente la mayor del
siglo X, empezó y acabó con la ayuda del cielo en la festividad de
san Lorenzo, «el gran auxiliador contra los húngaros» (Weinrich).
También con un voto de Otón en honor del «Vencedor del fuego»,
del santo del día (nuevos y grandes «planes de misión» en el este): la
creación del obispado de Merseburg. Siguieron después los oficios
litúrgicos de acción de gracias: «honor y dignos cantos de alabanza
al Dios altísimo en todas las iglesias» (Widukind). Se había
combatido a la sombra del estandarte real, del estandarte de san
Miguel, y con el apoyo de las tropas de san Ulrico -«las reliquias de
san Ulrico fueron muy cuestionadas durante largo tiempo» (Zoepfl)-.
Tampoco se ha de olvidar la acción estimulante de la santa Lanza,
que Otón llevó en la batalla. De ese modo se supone que 20.000
alemanes prevalecieron sobre 120.000 húngaros, a los que
ciertamente también se había batido con el gran triunfo del padre de
Otón en el Unstrut (933), en Wels junto al Traun (943), en Floss a
orillas del Entenbühl (948) y en Italia cerca del Tessino (950),
aunque eso sí, estando siempre a la defensiva.

Pero a menudo se ha celebrado la matanza del Lech como una ac-
ción especial del «arte de la estrategia» (Erben), sobre todo porque
«precisamente no dejó de ser sangrienta», como escribe de forma al
parecer inocente el monje Widukind, quizá descendiente del
homónimo conde sajón. El mismo día y al siguiente, con la
borrachera de sangre y de victoria, el rey persiguió a los húngaros
supervivientes y así Gerardo, prepósito de la catedral de Augsburgo,
«abatió a cuantos pudo alcanzar». A los fugitivos se les arrojó al
Lech, se les quemó junto con los caseríos en los que se habían
ocultado y en ocasiones ardieron aldeas enteras de la región. En una
palabra, los fugitivos murieron ahogados, quemados, degollados y
apaleados. «No pudieron ya encontrar camino

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13.Menzel I 302. Althoff, Otto III. 110ss. Para las «reglas» cristianas desde el
Antiguo y el Nuevo Testamento véase recientemente Buggle 36ss. 68ss. 95ss.

14.Thietm. 2,37; 3,13ss. Ann. Hildesh.985, 987, 990. Ann. Quedlinb. 985s. 995.
HEG I 863. Uhlirz, Jahrbücher II 70s. Hauck III 97, 142ss. Bohmer, Willigis 79.
Schlesinger, Kirchengeschichte Sachsens I 305. Claude, Geschichte des Erzbistums
Magdeburg 136ss. 149ss. 157, 161ss. 171, 196ss. Hlawitschka, Vom Frankenreich
137s. 141. Wolter, Die Synoden 123ss. Ludat, An Elbe und Oder 4ss.

15.Thietm. 4,11; 4, 21s. 4,29; 4,38. Ann. Hildesh. 985ss. 990ss. Ann. Quedlinb.
986. Adam 2,41; 2,44. HEG I 702, 864s. 907. M. Uhlirz 156. Uhlirz, Jahrb. II 125s.
145s. 156, 168ss. 188s. 240ss. 468ss. Bohmer, Willigis 176. Holtzmann, Geschichte
II 293s. 309s. 325s. Ahlheim 191s. Fleckenstein/Bulst 96,100. Claude, Geschichte
des Erzbistums Magdeburg I 161ss. 167ss. 180. Lubenow 26ss. Ludat, An Elbe und
Oder 2. A. 43ss. Friedmann 165: los obispos de Minden fueron muchas veces
«comandantes en el reclutamiento sajón».

16.Althoff, Otto III. 64s.
17.PL 139, 464 B (cit. según Sprandel), Thietm. 4,11. LMA I 15, 1019, II 359ss.

2172 VI 616s. VII 82s. 124. LThK I3 14s. II3 1235ss. HEG I 907. Hauptmann, Die
Frühzeit 325. Rhode 7ss. llss. Holtzmann, Aufsátze 191s. Kossmann 453. Véase
444. Claude, Geschichte des Erzbistums Magdeburg I 163ss. 171s. Hensel 237ss.
Sprandel 101.

18.LMA II 359s. III 430s. VI 617. Heg I 907. Holtzmann, Geschichte II 308s.
322s. Maschke 304ss. Kossmann 449s. Hauptmann, Die Frühzeit 326. Bosl, Europa
im Mittelalter 236. Althoff, Otto III. 127s. Hensel 239. Warnke 127ss.

19.Thietm. 4.28. LMA II 358s. VII 292ss. 2004. Hartmann, Geschichte Italiens
IV 1. H. 106ss. Hauptmann. Die Frühzeit 326. Véase también en Uhlirz el «Exkurs»
XVIII: «Los preparativos del viaje a Gnesen» 538ss.

20.Thietm. 5,10. LMA II 365s. IV 1099. HEG I 908. UHlirz, Jahrbücher II 320s.
Holtzmann, Geschichte II 344s. Kossmann 460. David 64. Dvornik, The Making
147. Fleckenstein, Grundlagen und Beginn 199. Erdmann, Forschungen zur
politischen Ideenwelt 99ss. Schramm, Herrschaftszeichen 502. Zeissberg 3ss. Ludat,
Piasten 330ss. Id., An Elbe und Oder 71ss. 92. Extensamente sobre la santa Lanza:
Brack-mann. Gesammelte Aufsätze 211ss. especialmente 226ss. Véase asimismo
249ss. 257. Para la santa Lanza puede consultarse el amplio estudio de H. Malissa:
Vorläufiger Bericht zur Heiligen Lanze como apéndice de K. Hauck, Erzbischof
Adalbert 345ss. Ludat, An Elbe und Oder 2. A. 67ss. especialmente 71 ss. Acerca de
la influencia de la política cotidiana véase recientemente Althoff, Otto III. 126s.
Gorich, Otto III. 80ss.

21.Ann. Hildesh. 1000. LMA IV 1142, 1523. Uhlirz II 323s. Holtzmann, Ges-
chichte II 342ss. Kossmann I 420 ss especialmente 437ss. Hilsch, Die Stellung des
Bischofs von Prag 1, 432. David 62s. Dvornik, The Making 142ss. Jedlicki 524ss.
Fleckenstein, Grundlagen und Beginn 198s. Brackmann, Die Anfänge des
polinschen Staates 24. Id., Der «Römische Erneuerungsgedanke» 15ss. Calude,
Geschichte des Erzbistums Magdeburg I 194s. Ludat, Piasten 338. Beumann Otto
III. 94.

22.Fleckenstein, Grundlagen und Beginn 199s. Schramm, Kaiser, Könige und
Päpste III 279.

23.Vita Bernw. 13; 39. LMA IV IV 1102s. V 148s. Uhlirz, Jahrbücher II 115s.

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346ss. Hauck III 268s. Bohmer, Wüligis 87ss. (con otras fuentes), 173. Goetting, Das
Bistum Hildesheim 159ss. 180ss. Glocker, Die Verwandten 206ss. Gorich, Otto III.
123ss. Sobre la Vita Bernwardi amplio comentario de Gorich ibíd. 92ss. Asimismo
Gorich, Der Gandersheimer Streit 56ss. Wolter, Die Synoden 182ss. (amplia biblio-
grafía). Althoff, Otto III. 57s. 160ss. Goetting 159ss. 174ss. Princesas rebeldes dentro
de los monasterios se dieron ya en la época merovingia, véase por ejemplo Ennen
53ss. Scheibelreiter passim. Véase también al respecto IV 271ss.

24.Vita Bernw. 16ss. Wetzer/Welte I 851. LMA V 148s. Uhlirz, Jahrbücher II
348s. Bohmer, Willigis 91ss. 176. Walterscheid 269. Leyser, Herrschaft und Konflikt
93 nota 47. Wolter, Die Synoden 184ss. Glocker, Die Verwandten 207ss. Goetting
160,171, 174.

25.Vita Bernw. 19 mss. 28ss. Wetzer/Welte XI 1106s. LMA I 2012. Uhlirz, Jahr-
bücher II 349. Hauck I 270. Bohmer, Willigis 93ss. 100s. 176. Walterscheid Vorwort y
269. Gorich, Otto III. 127s. Althoff. Otto III. 162s. Goetting 183ss. 190ss.

26.Wetzer/Welte XI 1107. Bohmer, Willigis l0lss. 167s.
27.LThK IV3 286s. 814s. LMA I 927, 2013, IV 1102s. 1531, V 1338. Wolter, Die

Synoden 227ss. Glocker, Die Verwandten 208s. Gorich, Otto III. 130. Goetting
197ss. 246s.

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