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                            Crónica negra de Hollywood
Prólogo
Woody Allen
Drew Barrymore
Kim Basinger
Marlon Brando
Joan Collins
Kevin Costner
Tom Cruise / Anne Rice
Macaulay Culkin
Robert De Niro
DiCaprio, Pitt, Banderas, Duchovny
Clint Eastwood
Heidi Fleiss
Jane Fonda
Jodie Foster
Michael J. Fox
Richard Gere / Cindy Crawford
Whoopi Goldberg / Ted Danson
Hugh Grant
John Grisham / Oliver Stone
Brandon Lee
Rob Lowe
Demi Moore
Dudley Moore
Eddie Murphy
River Phoenix
Roman Polanski
Anthony Quinn
Julia Roberts
Joel Silver / Don Simpson
Sylvester Stallone
Oliver Stone
Quentin Tarantino
John Travolta
James Woods / Sean Young
                        
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esos mismos términos para definir lo que estaba pasando con su matrimonio. Esta
circunstancia añadía al tema interracial una infidelidad conyugal, con niños de por medio,
que les puso las cosas aún más difíciles a Whoopi y Ted. Sobre todo a éste, conocido por su
tacañería, que temía enfrentarse a un divorcio millonario.
Cuando la pareja se conoció, en el rodaje de Made in America. —Una película en la
que premonitoriamente hacían de amantes, aunque solteros—, eran dos de las estrellas más
de moda en Hollywood. Él estaba considerado el actor mejor pagado de la historia de la
televisión. —Unos diez millones de dólares por temporada— por su personaje de Sam
Malone, el mujeriego ex jugador de béisbol propietario del bar Cheers, en la serie de igual
título, con millones de admiradores en todo el mundo.
Whoopi Goldberg acababa de tener tal éxito con Una monja de cuidado que cobró
ocho millones de dólares por su continuación, Sister Act 2: De vuelta al convento. Un caché
que la situó a la altura de Julia Roberts. Era tan popular que meses más tarde, en 1994, pasó
a los anales de los Oscar como la primera mujer que presentó sola una ceremonia de
entrega del premio. Tenía dos ex maridos y era abuela, aunque estaba aún en los cuarenta;
pero, al contrario que Ted, era libre.
Su amor comenzó como una típica aventura de rodaje, con alguna escapada de
incógnito para pasar el fin de semana en Tijuana (México). La relación adquirió tintes
mucho más serios a partir de septiembre de 1992, cuando Liz Smith escribió en su
columna, publicada en distintos medios, lo que ocurría: «El último amor de Whoopi
Goldberg es un varón divertido, famoso y atractivo.» La cronista no daba el nombre, pero
se despedía con un guiño cómplice: «Salud [en inglés, Cheers] a todos.»
En cuestión de días, toda la prensa del país publicaba reportajes sobre el lío que se
estaba montando. La presión fue demasiada para Casey, que el 12 de octubre tuvo que
ingresar en el Bellwood Health Center de Los Angeles para recibir ayuda psicológica. Al
volver a casa, el 25 del mismo mes, su marido dejó el domicilio conyugal para alojarse en
la suite 164 del hotel Bel-Air (precio: 900 dólares/noche), que compartía con Whoopi,
aunque ninguno de los implicados confirmó el idilio.
Hubo rupturas, intentos de Ted por volver con su familia y reconciliaciones entre los
amantes. «No voy a confirmarlo ni a negarlo porque no es asunto de nadie», le contestó
Whoopi al periodista Ed Bradley en el programa televisivo «60 Minutes». No hizo falta.
Casey, cansada, humillada y con el apoyo de sus hijas, le confirmó a la columnista Army
Arched (Daily Variety, 11 de marzo de 1993) que Ted y ella se habían separado, aunque aún
no había solicitado el divorcio (esperó hasta junio).
Casey, que era decoradora, se había casado con el actor, diez años más joven que
ella, en los tiempos difíciles en los que él trataba de abrirse paso en la profesión. Su
diferencia de edad fue causa de celos y disputas desde el principio. Un problema que se
agravó a medida que Ted, un conquistador con debilidad por sus compañeras de trabajo, se
hacía famoso y alcanzaba categoría de símbolo sexual. El destino les envió, por si fuera
poco, una prueba que casi acabó con su unión.
El nacimiento de su hija fue devastador para Casey. Tuvo que guardar cama dos
meses antes del parto por su alta presión sanguínea y durante éste sufrió un ataque, que le
provocó una parálisis total. «Cuando me lo dijeron los médicos, me asaltó un instante de
rabia —recordó él—. Fue como si hubiera metido los dedos en un enchufe.» Pasó cuatro
años dedicado por entero a la recuperación de su esposa, que superó el trance, contra el
pronóstico médico, con la secuela de una ligera cojera.
Durante meses dependió de él para todo y la asustaba tanto quedarse sola que Ted

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