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Arturo Warman

LOS CAMPESINOS
hijos predilectos del régimen

E D I T O R I A L
NUESTRO TIEM PO, S. A.

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74 LO S CAMPESINOS
tema bancario, aunque sea como sîrr ples depositantes, supera con
mucho los créditos que reciben. La banca privada no sólo no
aporta recursos al campo sino que los sustrae y los transfiere a
otros campos de actividad.

I I I
Hay otro tipo de banca que se supone no lucrativa y prestataria
de un servicio social: la banca oficial emanada de la Revolución.
£1 Banco Agrícola fue fundado por el general Calles para apo­
yar el surgimiento de la anhelada clase media rural. £1 Banco
Ejidal lo fundó Cárdenas para hacer viable el reparto masivo de
las tierras productivas. El Banco Agropecuario se formó en 19G4
para superar la corrupción e ineficiencia que paralizaba a sus
antecesores y hacer posible el incremento de la productividad.
Estas instituciones están concebidas para salvar las barreras es­
tructurales que limitan la acción bancaria en el campo; sus nor­
mas de acción se suponen ajustadas a las peculiaridades de los
modos de tenencia; podrían y deberían organizar a sus clientes
para descentralizar el manejo del crédito; operan a intereses casi
razonables; deben perseguir la educación de sus habilitados para
independizarlos, en fin, tienen todas las características de las bue­
nas intenciones y, como se sabe, con éstas se recubre el camino
del infierno.

La banca oficial tiene pocos recursos. En sus mejores años, el
Banco Ejidal puede habilitar al quince por ciento de los ejidos y
a no más del diez por ciento de los ejidatarios, ya que no todos los
miembros dcl ejido reciben créditos. El Banco Agrícola apenas
apoya al tres por ciento de los propietarios. Además, los dos ban­
cos se las han arreglado para perder varias veces todo su capital.
£1 gobierno los recapitaliza con cuentagotas porque dinero que
por ah! se va no vuelve. Son bancos pobres y limitados.

En cambio, el Banco Agropecuario hasta gana dinero. Para
hacerio, presta las cuatro quintas partes de sus recursos a propie­
tarios solventes que garantizan la recuperación aunque sean neo-
latifundistas. Sólo una quinta parte de sus préstamos la reciben
los mejores ejidatarios, seleccionados con refinamiento, y a veces
pierde con ellos.

E L CRÉDITO 75
£1 poco dinero de la banca oficial se distribuye con exquisito

cuidado y atendiendo a criterios prioritarios. Éstos, como siempre,
no son los de las necesidades de los campesinos sino los requeri­
mientos del desarrollo económico nacional, y cuando éstos cuen­
tan el campesino sale bailando del fandango.

En términos generales, sé procura beneficiar con el crédito
oficial a los sectores campesinos más capaces. Pero hay muchas
maneras de medir la capacidad y la que se usa no se refiere a la
gente sino a los recursos naturales y productivos. Así, resulta un
ejemplo de capacidad el más ausentista de los falsos ejidatarios
de las sonas irrigadas frente al comunero que se pasa doce horas
tras la macana para limpiar un pedazo de ladera pobre. El cré­
dito se dirige a las tierras y no a sus poseedores. Por ello, más de
la mitad de las operaciones oficiales de crédito se realizan en las
áreas irrigadas y otra cuarta parte, cuando menos, se concentra
en las zonas privilegiadas que no requieren del riego para des­
arrollar una agricultura o ganadería comercial. Las razones son
más o menos obvias: tierras productivas son sinónimo de tierras
beneficiadas con obras de infraestructura como riego, comunica­
ciones, electrificación, saneamiento, etc., esto es, tierras capitali­
zadas por el gobierno, las más de las veces con dinero prestado
desde fuera y por lo mismo sujetas a amortización. Ésta se logra
produciendo y consumiendo, para lo que hace falta otra vez de
inversión.

Pero no es cosa de simplemente producir. Esto también tiene
reglas. La primera es, que el mercado exterior tiene preferencia.
Aunque los precios internacionales están más bien deteriorados,
se pagan en divisas y éstas son vitales. Sirven para muchas cosas:
pagar la deuda por obras de infraestructura, importar bienes de
capital o tecnología, comprar bienes de servicio, pagar utilidades
y asistencia técnica a empresas foráneas, en fin, mantener la fir-

de nuestro peso y prolongar nuestro ritmo de crecimiento
que en mucho se asemeja al estado fínicam ente llamado coma­
toso. Luego hay que producir para vender al exterior: a^odón,
café, azúcar, jitomate y hasta cacahuates. Este tipo de productos
representa más de la mitad de todas las aportaciones de México.

Si no es posible producir para el exterior hay que hacerlo para
la industria. Hay que alimentar a agónicas industrias con materias

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76 LOS CAMPESINOS
primas: fibras textiles y duras, oleaginosas, frutas y granos, sus­
tentan a las industrias textiles y alimenticias. ^

El mercado urbano también tiene su preferencia, la tercera
en la lista. Por una parte la carne, leche y legumbres se consu­
men en las ciudades donde habita la gente que puede pagar; a
veces hasta se ahorran divisas al sustituir importaciones: el aceite
de oliva, los espárragos, champiñones y el queso roquefort son ya
productos nacionales, aunque sus marcas, las empresas y las ga­
nancias sean de afuera. Por otra parte hay que producir los ar­
tículos de primera necesidad que demandan los que se ufanan en
la industria, aunque sea subsidiando su consumo. El maiz, por
ejemplo, que en el campo se paga a novecientos cuarenta pesos
se vende a setecientos pesos a la ciudad de México. Esto ayuda,
entre otras cosas, a mantener bajos los salarios para hacer atrac­
tiva la inversión industrial.

También hay que producir, o mejor dicho invertir, de acuer­
do con prioridades políticas, pero eso es otro cuento que se llama
corrupción.

La decisión sobre los cultivos que reciben financiamiento ofi­
cial es de tipo burocrático. La toman funcionarios públicos que
atienden las demandas del sector desarrollista del país que el go­
bierno encabeza. Esto explica que cuando menos el noventa por
ciento de los créditos oficiales se destinen a los cultivos o activi­
dades comerciales, es decir, aquellos que se negocian íntegramen­
te en el mercado y que no pueden retenerse para autoconsumo.

Para producir hay que consumir, o económicamente dicho
insumir, y hay que volver a aplicar el más rígido esquema de
prioridades que emanan del sector industrial Con pretextos como
la tecnificación, eficiencia, concentración, en fin, a lo que se ha
dado en llamar reforma agraria integral, cerca del ochenta por
ciento del crédito oficial se entrega en especie o servicios indus­
triales a los prestatarios. No se presta dinero sino semillas, fertili­
zantes, insecticidas y a veces hasta tractores, o se pagan labores
mecanizadas a los maquileros privados. Se rehuye entregar dinero
en efectivo o pagar mano de obra porque no vuelve a la industria
y a la banca.

La decisión de cuáles productos prestar la toman los mismos
funcionarios que se preocupan menos por la tecnificación que |X )r
cl proceso de desarrollo industrial, programa que se concreta en

EL CRÉDITO 77
recomendaciones para dar contratos o pedidos. Se está creando
una demanda de productos industriales cuyos productores están
en crisis permanente por la debilidad del mercado interno. Esta
demanda artificial o artificiosa en el sentido de que los campe­
sinos no podrían crearla por si mismos, debe sumar entre dos mil
y tres mil millones de pesos al año, subsidio que no va al campe­
sino sino a la industria. Gracias a él muchas fábricas se han crea­
do, como las armadoras de maquinaria agricola; otras se han
consolidado, como el flamante monopolio nacional de los fertili­
zantes que hoy se extiende invirtiendo en Centroainérica —siem­
pre hay alguien más fregado— y muchas cmpiesas más se han
salvado de la ruina.

Desde el punto de vista del consumo, la banca oficial es vital
como compradora de productos industriales, aunque éstos resultan
muchas veces definitivamente antieconómicos, sobre todo para los
campesinos.

IV
El crédito agrícola oficial se presta en dos modalidades básicas:
la de avío y la refaccionaria. El avío se destina a cubrir los costos
de producción de cultivos de ciclo corto y se recupera al obtenerse
la cosecha; su plazo total es de menos de ocho meses y la tasa de
interés es del doce por ciento. El crédito refaccionario financia
la adquisición de bienes de capital, bombas o tractores por ejem­
plo, la introducción de mejoras territoriales como riego por bom­
beo o el costo de cultivos perennes como los frutales o de explo­
tación ganadera; su plazo es de varios años y sus intereses son de
más o menos el nueve por ciento anual La teoría supone a las
dos modalidades como complementarias, pero los bancos agrícolas
y ejidal destinan más del ochenta por ciento de sus recursos al
avío y sólo el resto, que en algunos años no llega ni al cinco por
ciento, a los créditos de capitalización.

La razón de esta desproporción se explica oficialmente por la
carencia de recursos frente a una enorme demanda de créditos en
cl campo. Explicación cierta pero parcial e insuficiente. El caso
es que la mayoría de los sujetos de crédito de los bancos oficiales,
término que a veces pero no siempre se refiere a los campesinos,
recibe sólo créditos de avío. Cuando el sujeto es un campesino

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150 LOS CAMPESINOS
colectivizaran los medios de producción, y no que se centralizara
su administración y su manejo para beneficio de otros.

En su acción organizadora el estado ba actuado en el vacío o en
contra de los campesinos, que se han convertido en peones de
empresas del gobierno. Pero en el terreno político el afán organi­
zador vuelve a ser significativo. Puede entenderse como un esfuerzo
para reintegrar al desarrollo mexicano su fundamento agrícola. El
sector «moderno» había crecido sustentándose en el campo, en la
mayoría de la población. De ella sacó su capital y a largo plazo,
de ella dependía su reproducción y acumulación. La contradicción
severa entre los pocos que se enriquecían y los muchos que trabaja­
ban para ello, está tropezando con obstáculos severos y críticos. Las
tendencias estructurales que traté de reseñar en el ensayo previo se
han vuelto, en algunos de sus aspectos, problemas coyunturales de
actualidad. Aspectos antes ocultos son realidades políticas aparentes
y prioritarias.

El estado, promotor y guardián del modelo de desarrollo, ha
mostrado su flexibilidad y algunos, muy pocos, de sus límites. Los
campesinos también han hecho uso de su elástica capacidad de
adaptación, de su enorme impulso de sobrevivencia. Los dos están
fortalecidos pero distantes; cada uno arraigado en su naturaleza
y persiguiendo sus propósitos. Se configuran mutuamente pero nun­
ca llegan a determinarse uno al otro. La contradicción se ha
agudizado.

¿Mucho ruido y pocas nueces? Difícil respuesta ciertamente..

Se terminó de imprimir este li­
bro el día 25 de febrero de 1988
en los talleres de la Editorial Li­
bros de México, S. A., Av. Co-
yoacán 1035, Col. del Valle,
Deleg. Benito Juárez, 03100
México, D. F. Se tiraron -3 000
ejemplares.

VaJe otra vez.
Agosto de 1976.

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En los días en que apareció el presente libro, la
Confederación Nacional Campesina celebraba su XII Con­
greso Nacional. En él se declbró que “ la política agrí­
cola ha sido más favorable a las medianas y grandes
propiedades que a los ejidos y los minifundios...” , y que
“ existe una desigualdad creciente en el uso de la tierra,
que está conduciendo a una renovada concentración de
la riqu eza...”

Tales señalamientos no son, por cierto, espectacu­
lares. Subrayan dos hechos obvios que se han agravado
en los últimos 25 años y en los que la izquierda ha
insistido a menudo, y que, en todo caso, han pasado
inadvertidos para las autoridades y las organizaciones
oficiales como la CNC. Decir que “ la política agrícola
ha sido más favorable” para las propiedades medianas
y grandes que para las pequeñas es una manera con­
vencional y apologética de soslayar una realidad que,
para la masa de campesinos y trabajadores del campo,
sólo ha significado explotación y miseria.

La tierra y todos los recursos agrícolas, en efecto,
están en México en poder de un pimado de neolatifun­
distas —no pocos de ellos funcionarios y exfuncionarios
públicos- a los que el gobierno —los anteriores y el
actu al- ha favorecido a costa de los trabajadores del
campo. Estos, naturalmente, lo saben; empiezan a tomar
conciencia de sus problemas y a comprender que,
pese a todo lo que deniagógicamente repiten los líderes
“ charros” , en un régimen capitalista la tierra no es de
quien la trabaja sino de quien explota a quien la trabaja.

@ EDITORIAL NUESTRO TIEMPO

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